Te vas.
algo me dejas
cuando me das
la espalda.
Llueven
colmenas desiertas
y abejas sin alas.
Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer serías mi amigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¡Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo¡
Dulce como tu nombre,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.
Jaime Sabines
Una a una,
cual perlas de un rosario,
yo repaso las letras de tu nombre;
y en mi torpe vigilia,
con extraño tesón
desgrano sus vocales;
una a una,
reiterada,
tercamente,
me las llevo a los labios,
poco a poco saboreo sus sonidos,
los diluyo en mi lengua,
y tu nombre se obstina hasta el quejido.
Consciente del prejuicio, yo me impongo
borrarte o arrojarte de mi mente...
por fin... he aquí: las sombras... el vacío...
Mas de pronto, amanece.
¡Y al instante florece con la aurora!
late en el más hondo de todos mis secretos,
extraña flor, entre mis labios prende
fútil calor en largas soledades;
manan de mí,
triunfan en mí,
perennemente,
las seis letras de tu nombre.
Pilar Acevedo
Miraba yo las rosas penando de alegría, solas entre mis manos, atónitas, perdidas.
Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas. Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.
Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente vi florecer los ramos de luz dorada y verde.
Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.
( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa, aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.
Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno.)
Felicidad contigo. Nos viven y sustentan en lo hondo de la noche las eternas estrellas.
¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día, nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.
Eugenio de Nora
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos, rojos.
Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya,
para nada lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo en el beso que te di ayer,
en las bocas juntas del beso que se besaron.
Y dura este beso más que el silencio,
que la luz.
Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso,
que se escapa,
que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Sólo un minuto
Él le hizo una seña para que lo acompañase. Los dos comenzaron a caminar juntos por el bosque, en silencio. "Es bonita-pensaba él, mientras las sombras de los árboles iban mudando rápidamente de posición porque el sol ya estaba cerca del horizonte-. Pero casi le doblo la edad." Esto significaba que posiblemente iba a sufrir…”
Brida-Paulo Coehlo
Manuel Altolaguirre
Tendrías quince años cuando quedaste inmóvil aquí, en la cartulina de suavísima niebla. Te vuelves a mirarnos -con unos ojos dulces, hondos y frescos como grutas-desde el escorzo grácil de tu cuerpo.