ausente
Javier Aguirre
Miraba yo las rosas penando de alegría, solas entre mis manos, atónitas, perdidas.
Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas. Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.
Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente vi florecer los ramos de luz dorada y verde.
Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.
( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa, aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.
Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno.)
Felicidad contigo. Nos viven y sustentan en lo hondo de la noche las eternas estrellas.
¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día, nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.
Eugenio de Nora
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos, rojos.
Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya,
para nada lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo en el beso que te di ayer,
en las bocas juntas del beso que se besaron.
Y dura este beso más que el silencio,
que la luz.
Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso,
que se escapa,
que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.